A los 11 años, cuando mi mamá me dijo que mi papá tenía cáncer. En ese momento mi niñez quedó botada en algún rincón del suelo.
Esto no quiere decir que haya cambiado radicalmente a partir de ese día. Mi vida siguió como siempre. No noté ningún cambio inmediato en mí. Y sin embargo, ya nada era igual.
Es difícil de explicar, fue una comprensión del mundo distinta. Era saber que mi padre se moriría y no poder llorar, no poder reaccionar. No poder sentir pena, ni rabia, ni lástima ni lata. Nada. Vacío. Y no saber cómo vivir con ese vacío. Era todo tan irreal. Y, sin embargo, el dolor de mi madre era tan real, tan palpable, que eso sí me afectaba, era lo único que parecía cierto. Todo lo demás: un caos incomprensible y silencioso.
Esa noción de que el mundo era así de caótico, que lo inesperado y fatídico estaba a la vuelta de la esquina y que ni siquiera mis propias reacciones al enfrentarlo era algo que pudiese controlar o, al menos, preveer. Nunca imaginé perder a un padre y no poder llorar, no poder sentir pena. Nunca. Nunca imaginé lo difícil que sería después. Asimilar el por qué no sentía pena, el vacío que dejó no al morir sino aún cuando todavía vivía. Comenzar a vislumbrar que así era el mundo, así, con la abuela artereosclerótica, con las compañeras de colegio crueles. Así. Una tormenta que no para cuando tú lo deseas o cuando tú necesitas un descanso. Para en un momento que también es inesperado, y hay que aprovecharlo para retomar fuerzas, para disfrutar las cosas buenas al máximo, para vivir con intensidad y pasión, porque en cualquier momento el cielo se vuelve a nublar.
Pero aún era una niña. Mi niñez, tal y como la conocía hasta ese momento, quedó hecha trizas con esos cambios. Pero acaso tomó otra forma. Una un poco menos inocente, quizás. Pero creo que aún guardaba una cierta ingenuidad para con ciertas cosas. Hasta que se enfermó mi mamá. Y entonces tuve que realmente vérmelas sola de cara frente al mundo. Todo lo que creía que tenía seguro, en esta vida que nunca fue muy segura ni estable, se derrumbó. Había que empezar de nuevo. Y aún entonces me negaba a crecer. A seguir adelante, aceptar las cosas, dejar atrás. No quería, no quería y no quería. Trataba de aferrarme a fragmentos de niñez con desesperación. Quería seguir creyendo que había gente que me podía cuidar, ayudar, que no estaba sola. Pero sí lo estaba. Tenía que hacerme responsable de mis actos no por los demás, no porque "mis papás me van a retar" o porque alguien se fuera a enojar conmigo. Tenía que hacerlo por mí. Desde entonces todo lo que emprendería en mi vida tendría que hacerlo por mí, no para satisfacer a otros o para que no se decepcionen ni para evitar sus reprimendas. Por mí, para estar bien, para sobrevivir, para seguir luchando. Para no volverme loca. Para no colapsar. Estuve conmigo misma más de lo que habría querido. Tuve que conocer los aspectos más oscuros de mi ser. Y a partir de esa oscuridad, ir encontrando la luz.
Aún entonces, la adultez no llegaba. Había mucho de lo cual no quería desprenderme. Había mucho de lo que no quería hacerme cargo. Estaba en un limbo entre lo que la vida me ponía en evidencia y yo no quería ver. Entre lo que era claro que tenía que hacer pero no me sentía capaz de hacerlo. Una parte de mí no quería avanzar. No quería crecer. No así. Quería retroceder hacia algún pasado mejor y quedarme ahí, quieta y acurrucada para que nadie descubriera que estaba en un sitio donde no debía estar, al cual ya no pertenecía. Tenía que dar los pasos necesarios para llegar al sitio del que sí era parte. Dejar de culpar a Dios, al destino, o a quien fuese y quejarme por su injusticia. Tomar las riendas de mi vida. Hacerme yo responsable, en vez de esconderme detrás de "lo que me pasó" y "lo que me tocó vivir". Necesité volver a caer un par de veces más, hasta casi volver a tocar fondo en ambas ocasiones para poder hacerlo. Hacerme responsable. Mejorar yo sola mis circunstancias. Aceptar lo caótico de la vida y que hay cosas que no podemos cambiar ni elegir. Pero hay otras que sí. Y son ésas y las decisiones que tomamos sobre ellas lo que realmente nos forma. Lo que me tocó vivir es parte de quien soy. Pero una parte aún más importante es lo que yo he elegido para mí misma y lo que he hecho para lograr lo que anhelo.
Elegí salud. Elegí cordura. Elegí una carrera. Un trabajo. Un hogar propio. Estabilidad. Sentirme segura. Sentirme feliz. Sonreír. Crear. Crecer. Cambiar.
No importa lo que pase. No importa qué acontecimientos más allá de mi control ocurran en este caos que llamamos vida. No importa si hay nuevas tormentas o más días soleados. Yo sé lo que elegí y qué pasos di para lograrlo. Sé que puedo volver a hacerlo cuantas veces me lo proponga. No importa cuanta oscuridad pueda deparar el futuro. Ya aprendí a hallar luz en ella, mi propia luz. Y nadie me lo puede quitar.
